martes, 23 de marzo de 2010

LA GUERRA FRÍA SEGÚN HOBSBAWM

“Los cuarenta y cinco años transcurridos entre la explosión de las bombas atómicas y el fin de la Unión Soviética no constituyen un período de la historia universal homogéneo y único. Tal como veremos en los capítulos siguientes, se dividen en dos mitades, una a cada lado del hito que representan los primeros años setenta. Sin embargo, la historia del período en su conjunto siguió un patrón único marcado por la peculiar situación internacional que lo dominó hasta la caída de la U.R.S.S.: el enfrentamiento constante de las dos superpotencias surgidas de la segunda guerra mundial, la denominada «guerra fría».
La segunda guerra mundial apenas había acabado cuando la humanidad se precipitó en lo que sería razonable considerar una tercera guerra mundial, aunque muy singular; y es que, tal como dijo el gran filósofo Thomas Hobbes, «La guerra no consiste sólo en batallas, o en la acción de luchar, sino que es un lapso de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en combate es suficientemente conocida» (Hobbes, capítulo 13). La guerra fría entre los dos bandos de los Estados Unidos y la URSS, con sus respectivos aliados, que dominó por completo el escenario internacional de la segunda mitad del siglo XX, fue sin lugar a dudas un lapso de tiempo así. Generaciones enteras crecieron bajo la amenaza de un conflicto nuclear global que, tal como creían muchos, podía estallar en cualquier momento y arrasar a la humanidad. En realidad, aun a los que no creían que cualquiera de los dos bandos tuviera intención de atacar al otro les resultaba difícil no caer en el pesimismo, ya que la ley de Murphy es una de las generalizaciones que mejor cuadran al ser humano («Si algo puede ir mal, irá mal»). Con el correr del tiempo, cada vez había más cosas que podían ir mal, tanto política como tecnológicamente, en un enfrentamiento nuclear permanente basado en la premisa de que sólo el miedo a la «destrucción mutua asegurada» (acertadamente resumida en inglés con el acrónimo MAD, «loco») impediría a cualquiera de los dos bandos dar la señal, siempre a punto, de la destrucción planificada de la civilización. No llegó a suceder, pero durante cuarenta años fue una posibilidad cotidiana.
La singularidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente hablando, no había ningún peligro inminente de guerra mundial. Más aún: pese a la retórica apocalíptica de ambos bandos, sobre todo del lado norteamericano, los gobiernos de ambas superpotencias aceptaron el reparto global de fuerzas establecido al final de la segunda guerra mundial, lo que suponía un equilibrio de poderes muy desigual pero indiscutido. La URSS dominaba o ejercía una influencia preponderante en una parte del globo: la zona ocupada por el ejército rojo y otras fuerzas armadas comunistas al final de la guerra, sin intentar extender más allá su esfera de influencia por la fuerza de las armas Los Estados Unidos controlaban y dominaban el resto del mundo capitalista, además del hemisferio occidental y los océanos, asumiendo los restos de la vieja hegemonía imperial de las antiguas potencias coloniales. En contrapar­tida, no intervenían en la zona aceptada como de hegemonía soviética.
En Europa las líneas de demarcación se habían trazado en 1943-I945, tanto por los acuerdos alcanzados en las cumbres en que participaron Roose­velt, Churchill y Stalin, como en virtud del hecho de que sólo el ejército rojo era realmente capaz de derrotar a Alemania. Hubo vacilaciones, sobre todo de Alemania y Austria, que se resolvieron con la partición de Alemania de acuerdo con las líneas de las fuerzas de ocupación del Este y del Oeste, y la retirada de todos los ex contendientes de Austria, que se convirtió en una especie de segunda Suiza: un país pequeño con vocación de neutralidad, envidiado por su constante prosperidad y, en consecuencia, descrito (correc­tamente) como «aburrido». La URSS aceptó a regañadientes el Berlín Oeste como un enclave occidental en la parte del territorio alemán que controlaba, pero no estaba dispuesta a discutir el tema con las armas.
La situación fuera de Europa no estaba tan clara, salvo en el caso de Japón, en donde los Estados Unidos establecieron una ocupación totalmente unilateral que excluyó no sólo a la URSS, sino también a los demás aliados. El problema era que ya se preveía el fin de los antiguos imperios coloniales, cosa que en 1945, en Asia, ya resultaba inminente, aunque la orientación futura de los nuevos estados poscoloniales no estaba nada clara. Como vere­mos, esta fue la zona en que las dos superpotencias siguieron compitiendo en busca de apoyo e influencia durante toda la guerra fría, y por lo tanto, fue la de mayor fricción entre ambas, donde más proba­bles resultaban los conflictos armados, que acabaron por estallar. A diferen­cia de Europa, ni siquiera se podían prever los límites de la zona que en el futuro iba a quedar bajo control comunista, y mucho menos negociarse, ni aún del modo más provisional y ambiguo. Así, por ejemplo, la URSS no sen­tía grandes deseos de que los comunistas tomaran el poder en China, pero fue lo que sucedió a pesar de todo.
Sin embargo, incluso en lo que pronto dio en llamarse el “tercer mun­do”, las condiciones para la estabilidad internacional empezaron a aparecer a los pocos años, a medida que fue quedando claro que la mayoría de los nuevos estados poscoloniales, por escasas que fueran sus simpatías hacia Estados Unidos y sus aliados, no eran comunistas, sino, en realidad, sobre todo anticomunistas en política interior, y «no alineados» (es decir, fuera del bloque militar soviético) en asuntos exteriores. En resumen, el “bando comunista” no presentó síntomas de expansión significativa entre la revolución china y los años setenta, cuando la China comunista ya no formaba parte del mismo.
En la práctica, la situación mundial se hizo razonablemente estable poco después de la guerra y siguió siéndolo hasta mediados de los setenta, cuando el sistema internacional y sus componentes entraron en otro prolongado período de crisis política y económica. Hasta entonces ambas superpotencias habían aceptado el reparto desigual del mundo, habían hecho los máximos esfuerzos por resolver las disputas sobre sus zonas de influencia sin llegar a un choque abierto de sus fuerzas armadas que pudiese llevarlas a la guerra y, en contra de la ideología y de la retórica de guerra fría, habían actuado partiendo de la premisa de que la coexistencia pacífica entre ambas era posible. De hecho, a la hora de la verdad, la una confiaba en la moderación de la otra, incluso en las ocasiones en que estuvieron oficialmente a punto de entrar, o entraron, en guerra. Así, durante la guerra de Corea de 1950-1953, en la que participaron oficialmente los norteamericanos, pero no los rusos, Washington sabía perfectamente que unos 150 aviones chinos eran en realidad aviones soviéticos pilotados por aviadores soviéticos (Walker, 1993, pp. 75-77). La información se mantuvo en secreto porque se dedujo, acertadamente, que lo último que Moscú deseaba era la guerra. Durante la crisis de los misiles cubanos de 1962, tal como sabemos hoy (Ball, 1992; Ball, 1993), la princi­pal preocupación de ambos bandos fue cómo evitar que se malinterpretaran gestos hostiles como preparativos bélicos reales.
Este acuerdo tácito de tratar la guerra fría como una «paz fría» se mantu­vo hasta los años setenta. La URSS supo (o, mejor dicho, aprendió) en 1953 que los llamamientos de los Estados Unidos para «hacer retroceder» al comu­nismo era simple propaganda radiofónica, porque los norteamericanos ni pes­tañearon cuando los tanques soviéticos restablecieron el control comunista durante un importante levantamiento obrero en la Alemania del Este. A par­tir de entonces, tal como confirmó la revolución húngara de 1956, Occidente no se entrometió en la esfera de control soviético. La guerra fría, que sí pro­curaba estar a la altura de su propia retórica de lucha por la supremacía o por la aniquilación, no era un enfrentamiento en el que las decisiones fundamen­tales las tomaban los gobiernos, sino la sorda rivalidad entre los distintos servicios secretos reconocidos y por reconocer, que en Occidente produjo el fruto más característico de la tensión internacional: las novelas de espionaje y de asesinatos encubiertos. En este género, los británicos, gracias al James Bond de Ian Fleming y a los héroes agridulces de John Le Carré -ambos habían trabajado por un tiempo en los servicios secretos británicos-, mantu­vieron la primacía, compensando así el declive de su país en el mundo del poder real. No obstante, con la excepción de lo sucedido en algunos de los países más débiles del tercer mundo, las operaciones del KGB, la CIA y semejantes fueron desdeñables en términos de poder político real, por teatra­les que resultasen a menudo.
En tales circunstancias, ¿hubo en algún momento peligro real de guerra mundial durante este largo período de tensión, con la lógica excepción de los accidentes que amenazan inevitablemente a quienes patinan y patinan sobre una delgada capa de hielo? Es difícil de decir. Es probable que el período más explosivo fuera el que medió entre la proclamación formal de la «doctrina Truman» en marzo de 1947 («La política de los Estados Unidos tiene que ser apoyar a los pueblos libres que se resisten a ser subyugados por minorías armadas o por presiones exteriores») y abril de 1951, cuando el mismo presi­dente de los Estados Unidos destituyó al general Douglas MacArthur, coman­dante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos en la guerra de Corea (1950-1953), que llevó demasiado lejos sus ambiciones militares. Durante esta época el temor de los norteamericanos a la desintegración social o a la revolución en países no soviéticos de Eurasia no era simple fantasía: al fin y al cabo, en 1949 los comunistas se hicieron con el poder en China. Por su par­te, la URSS se vio enfrentada con unos Estados Unidos que disfrutaban del monopolio del armamento atómico y que multiplicaban las declaraciones de anticomunismo militante y amenazador, mientras la solidez del bloque sovié­tico empezaba a resquebrajarse con la ruptura de la Yugoslavia de Tito (1948). Además, a partir de 1949, el gobierno de China no sólo se involucró en una guerra de gran calibre en Corea sin pensárselo dos veces, sino que, a diferen­cia de otros gobiernos, estaba dispuesto a afrontar la posibilidad real de luchar de sobrevivir a un holocausto nuclear. Todo podía suceder.
Una vez que la URSS se hizo con armas nucleares -cuatro años des­pués de Hiroshima en el caso de la bomba atómica (1949), nueve meses después de los Estados Unidos en el de la bomba de hidrógeno (1953)-, ambas superpotencias dejaron de utilizar la guerra como arma política en sus relaciones mutuas, pues era el equivalente de un pacto suicida. Que contemplaran seriamente la posibilidad de utilizar las armas nucleares con­tra terceros -los Estados Unidos en Corea en 1951 y para salvar a los franceses en Indochina en 1954; la URSS contra China en 1969- no está muy claro, pero lo cierto es que no lo hicieron. Sin embargo, ambas super­potencias se sirvieron de la amenaza nuclear, casi con toda certeza sin tener intención de cumplirla, en algunas ocasiones: los Estados Unidos, para ace­lerar las negociaciones de paz en Corea y Vietnam (1953, 1954); la URSS, para obligar a Gran Bretaña y a Francia a retirarse de Suez en 1956. Por desgracia, la certidumbre misma de que ninguna de las dos superpotencias deseaba realmente apretar el botón atómico tentó a ambos bandos a agitar el recurso al arma atómica con finalidades negociadoras o (en los Estados Unidos) para el consumo doméstico, en la confianza de que el otro tampoco quería la guerra. Esta confianza demostró estar justificada, pero al precio de desquiciar los nervios de varias generaciones. La crisis de los misiles cubanos de 1962, uno de estos recursos enteramente innecesarios, estuvo a punto de arrastrar al mundo a una guerra innecesaria a lo largo de unos pocos días y, de hecho, llegó a asustar a las cúpulas dirigentes hasta hacerles entrar temporalmente en razón.”
(Tomado de: Hosbawm, Eric, “Historia del siglo XX”, capítulo VIII, primera parte, pág. 230-234, editorial Crítica, 3º reimpresión, 1999)

Ejercicios
1- Este texto ¿Es una fuente histórica o un texto historiográfico? Fundamenta tu respuesta.
2- Realiza una línea cronológica ubicando los acontecimientos históricos que nombra el historiador.
3- ¿Cuáles son las características de la Guerra Fría para este historiador?
4- Enumera las razones por la cual, el historiador, cree que en “ningún momento hubo peligro de guerra mundial”.
5- ¿Qué fue para este historiador la Guerra Fría?
LA GUERRA FRÍA SEGÚN HOBSBAWM. 2º PARTE

“En un determinado momento de principios de los años sesenta, pareció como si la guerra fría diera unos pasos hacia la senda de la cordura. Los años peligrosos, desde 1947 hasta los dramáticos acontecimientos de la guerra de Corea (1950-1953), habían transcurrido sin una conflagración mundial, al igual que sucedió con los cataclismos que sacudieron el bloque soviético tras la muerte de Stalin (1953), sobre todo a mediados de los años cincuenta. Así, lejos de desencadenarse una crisis social, los países de la Europa occidental empezaron a darse cuenta de que en realidad estaban viviendo una época de prosperidad inesperada y general, que comentaremos con mayor detalle en el capítulo siguiente. En la jerga tradicional de los diplomáticos, la disminución de la tensión era la «distensión», una palabra que se hizo de uso corriente.
El término había surgido a finales de los años cincuenta, cuando N. S. Kruschev estableció su supremacía en la URSS después de los zafarranchos postestalinistas (1958-1964). Este admirable diamante en bruto, que creía en la reforma y en la coexistencia pacífica, y que, por cierto, vació los campos de concentración de Stalin, dominó la escena internacional en los años que siguieron. Posiblemente fue también el único campesino que haya llegado a dirigir un estado importante. Sin embargo, la distensión tuvo que sobrevivir primero a lo que pareció una etapa de confrontaciones de una tensión insólita entre la afición de Kruschev a las fanfarronadas y a las decisiones impulsivas y la política de grandes gestos de John F. Kennedy (1960-1963), el presiden­te norteamericano más sobrevalorado de este siglo. Las dos superpotencias estaban dirigidas, pues, por dos amantes del riesgo en una época en la que, es difícil de recordar, el mundo occidental capitalista creía estar perdiendo su ventaja sobre las economías comunistas, que habían crecido más deprisa que las suyas en los años cincuenta. ¿Acaso no habían demostrado una (breve) superioridad tecnológica respecto a los Estados Unidos con el espectacular triunfo de los satélites y cosmonautas soviéticos? Además, ¿no acababa de triunfar el comunismo, ante el asombro general, en Cuba, un país que se encontraba apenas a unos kilómetros de Florida?.
La URSS, en cambio, estaba preocupada no sólo por la retórica ambigua y a menudo belicosa en extremo de Washington, sino también por la ruptura fundamental con China, que ahora acusaba a Moscú de haber suavizado su actitud respecto al capitalismo, con lo que Kruschev, pese a sus intenciones pacificas, se vio forzado a adoptar en público una actitud más intransigente hacia Occidente. Al mismo tiempo, la brusca aceleración de la descoloniza­ción y de las revoluciones en el Tercer Mundo parecía favorecer a los soviéticos. Unos Estados Unidos nerviosos pero confiados se enfrentaron así a una URSS confiada pero nerviosa por Berlín, por el Congo, por Cuba.
En realidad, el resultado neto de esta fase de amenazas mutuas y de apu­rar los límites fue la relativa estabilización del sistema internacional y el acuerdo tácito por parte de ambas superpotencias de no asustarse mutuamen­te ni asustar al resto del mundo, cuyo símbolo fue la instalación del «teléfo­no rojo» que entonces (1963) conectó a la Casa Blanca con el Kremlin. El muro de Berlín (1961) cerró la última frontera indefinida existente entre el Este y el Oeste en Europa. Los Estados Unidos aceptaron tener a la Cuba comunista a su puerta. Las diminutas llamas de las guerras de liberación y de guerrillas encendidas por la revolución cubana en América Latina y por la ola de descolonización en África no se convirtieron en incendios forestales, sino que aparentemente se fueron apagando. Kennedy fue asesinado en 1963; a Kruschev le obligó a hacer las maletas en 1964 la clase dirigente soviética, que prefería una forma menos impetuosa de actuar en política. De hecho, en los años sesenta y setenta se dieron pasos signifi­cativos hacia el control y la limitación del armamento nuclear: tratados de prohibición de las pruebas nucleares, tentativas por detener la proliferación nuclear (aceptadas por quienes ya tenían armas atómicas o no creían llegar a tenerlas nunca, pero no por quienes estaban armando su propio arsenal ató­mico, como China, Francia e Israel), un Tratado de Limitación de las Armas Estratégicas (SALT) entre los Estados Unidos y la URSS, e incluso un cier­to acuerdo sobre los misiles antibalísticos (ABM) de cada bando. Y, lo que hace más al caso, el comercio entre los Estados Unidos y la URSS, estran­gulado por razones políticas por ambos lados durante tanto tiempo, empezó a florecer con el paso de los años sesenta a los setenta. Las perspectivas pare­cían halagüeñas.
No fue así. A mediados de los años setenta el mundo entró en lo que se ha denominado la «segunda» guerra fría, que coinci­dió con importantes cambios en la economía mundial, el período de crisis prolongada que caracterizó a las dos décadas a partir de 1973 y que llegó a su apogeo a principios de los años ochenta. Sin embargo, al principio el cambio de clima económico apenas fue apreciado por los parti­cipantes en el juego de las superpotencias, salvo por el brusco tirón de los precios de las fuentes de energía provocado por el certero golpe de mano del cártel de productores de petróleo, la OPEP, uno de los acontecimientos que parecían apuntar hacia un debilitamiento de la dominación internacional de los Estados Unidos. Ambas superpotencias estaban satisfechas con la solidez de sus respectivas economías. Los Estados Unidos se vieron mucho menos perjudicados por la recesión económica que Europa; la URSS -los dioses hacen felices al principio a quienes quieren destruir- creía que todo le iba viento en popa. Leónidas Brezhnev, el sucesor de Kruschev, presidente durante lo que los reformistas soviéticos denominarían «la era del estanca­miento», parecía tener razones para sentirse optimista, sobre todo porque la crisis del petróleo de 1973 acababa de cuadruplicar el valor internacional a precios de mercado de los gigantescos yacimientos de petróleo y gas natural recién descubiertos en la URSS a mediados de los años sesenta.
Pero dejando aparte la economía, dos acontecimientos interrelacionados produjeron un aparente desequilibrio entre las superpotencias. El primero fue lo que parecía ser la derrota y desestabilización de los Estados Unidos al embarcarse en una guerra de importancia: Vietnam desmoralizó y dividió a la nación, entre escenas televisadas de disturbios y de manifestaciones anti­bélicas; destruyó a un presidente norteamericano; condujo a una derrota y una retirada anunciadas por todo el mundo al cabo de diez años (1965-1975); y, lo que es más importante en este contexto, demostró el aislamiento de los Estados Unidos. Y es que ni un solo aliado europeo de los norteamericanos envió siquiera un contingente de tropas simbólico a luchar junto a las fuerzas estadounidenses. Por qué los Estados Unidos acabaron enfangados en una guerra que estaban condenados a perder, y contra la cual tanto sus aliados como la misma URSS les habían alertado, es algo que resultaría casi impo­sible de entender, de no ser por la espesa niebla de incomprensión, confusión y paranoia por entre la que los principales protagonistas de la guerra fría iban tanteando el camino.
Y, por si Vietnam no hubiera bastado para demostrar el aislamiento de los Estados. Unidos, la guerra del Yom Kippur de 1973 entre Israel, convertido en el máximo aliado de los Estados Unidos en Próximo Oriente, y las fuerzas armadas de Egipto y Siria, equipadas por la Unión Soviética, lo puso todavía más de manifiesto. Y es que cuando Israel, en situación extrema, fal­to de aviones y de munición, pidió a los Estados Unidos que le facilitaran suministros, los aliados europeos, con la única salvedad de Portugal, uno de los últimos bastiones del fascismo de antes de la guerra, se negaron incluso a permitir que los aviones estadounidenses emplearan sus bases aéreas con­juntas para este fin. (Los suministros llegaron a Israel a través de las Azores.) Los Estados Unidos creían, sin que uno pueda ver por qué, que estaban en juego sus propios intereses vitales. De hecho, el secretario de Estado norte­americano, Henry Kissinger (cuyo presidente, Richard Nixon, estaba ocupa­do tratando de librarse de que lo destituyeran), llegó a declarar la primera alerta atómica desde la crisis de los misiles cubanos, una maniobra típica, por su brutal doblez, de este personaje hábil y cínico, pero que no hizo cambiar de opinión a los aliados de los norteamericanos, más pendientes del suminis­tro de crudo de Próximo Oriente que de apoyar una jugada de los Estados Unidos que según Washington sostenía, con poco éxito, era esencial en la lucha global contra el comunismo. Y es que, mediante la OPEP, los países ,árabes de Próximo Oriente habían hecho todo lo posible por impedir que se apoyara a Israel, cortando el suministro de petróleo y amenazando con un embargo de crudo. Al hacerlo, descubrieron que podían conseguir que se multiplicara el precio mundial del petróleo. Los ministros de Asuntos Exte­riores del mundo entero tomaron nota de que los todopoderosos Estados Uni­dos no hicieron ni podían hacer nada al respecto.
Vietnam y Próximo Oriente debilitaron a los Estados Unidos, aunque no alteraron el equilibrio global de las superpotencias ni la naturaleza de la con­frontación en los distintos escenarios regionales de la guerra fría. No obstan­te, entre 1974 y 1979 surgió una nueva oleada de revoluciones por una exten­sa zona del globo. Esta tercera ronda de convulsiones del siglo XX corto parecía como si fuera a alterar el equilibrio de las super­potencias en contra de los Estados Unidos, ya que una serie de regímenes africanos, asiáticos e incluso americanos se pasaron al bando soviético y, en concreto, facilitaron a la URSS bases militares, sobre todo navales, fuera del territorio original de ésta, sin apenas salida al mar. La coincidencia de esta tercera oleada de revoluciones mundiales con el fracaso y derrota públicos de los norteamericanos fue lo que engendró la segunda guerra fría. Pero también fue la coincidencia de ambos elementos con el optimismo y la autosatisfac­ción de la URSS de Brezhnev en los años setenta lo que convirtió esta segun­da guerra fría en una realidad. En esta etapa los conflictos se dirimieron mediante una combinación de guerras locales en el tercer mundo, en las que combatieron indirectamente los Estados Unidos, que evitaron esta vez el error de Vietnam de comprometer sus propias tropas, y mediante una acele­ración extraordinaria de la carrera de armamentos atómicos, lo primero menos irracional que lo segundo.
(…)
La injustificada autosatisfacción de los soviéticos alentó el miedo. Mu­cho antes de que los propagandistas norteamericanos explicaran, a posteriori, cómo los Estados Unidos se lanzaron a ganar la guerra fría arruinando a su antagonista, el régimen de Brezhnev había empezado a arruinarse él solo al emprender un programa de armamento que elevó los gastos en defensa en un promedio anual del 4-_5 por 100 (en términos reales) durante los veinte años posteriores a 1964. La carrera había sido absurda, aunque le proporcionó a la URSS la satisfacción de poder decir que había alcanzado la paridad con los Estados Unidos en lanzadoras de misiles en 1971, y una superioridad del 25 por 100 en Í976 (aunque siguió estando muy por debajo de los Estados Unidos en cabezas nucleares). Hasta el pequeño arsenal atómico soviético había disuadido a los Estados Unidos durante la crisis de Cuba, y hacía tiem­po que ambos bandos podían convertir el uno al otro en un montón de escombros. El esfuerzo sistemático soviético por crear una marina con una presencia mundial en todos los océanos -o, más bien, dado que su fuerte eran los submarinos, debajo de los mismos- tampoco era mucho más sen­sato en términos estratégicos, pero por lo menos era comprensible corno ges­to político de una superpotencia global, que reclamaba el derecho a hacer ondear su pabellón en todo el mundo. Pero el hecho mismo de que la URSS ya no aceptase su confinamiento regional les pareció a los guerreros fríos norteamericanos la prueba palpable de que la supremacía occidental termina­ría si no se reafirmaba mediante una demostración de fuerza. La creciente confianza que llevó a Moscú a abandonar la cautela poskruscheviana en asuntos internacionales se lo confirmaba.
Por supuesto, la histeria de Washington no se basaba en razonamientos lógicos. En términos reales, el poderío norteamericano, a diferencia de su prestigio, continuaba siendo decisivamente mayor que el poderío soviético. En cuanto a la economía y la tecnología de ambos bandos, la superioridad occidental (y japonesa) era incalculable. Puede que los soviéticos, duros e inflexibles, hubieran conseguido mediante esfuerzos titánicos levantar la mejor economía del mundo al estilo de 1890 (por citar a Jowitt, 1991, p. 78), pero ¿de qué le servía a la URSS que a mediados de los años ochenta produ­jera un 80 por 100 más de acero, el doble de hierro en lingotes y cinco veces más tractores que los Estados Unidos, si no había logrado adaptarse a una economía basada en la silicona y en el software?. No existía absolutamente ningún indicio ni probabilidad de que la URSS deseara guerra (excepto, tal vez, contra China), y mucho menos de que planeara ataque militar contra Occidente. Los delirantes escenarios de ataque nuclear procedentes de los guerreros fríos en activo y la propaganda guber­namental de Occidente a principios de los años ochenta eran de cosecha pro­pia, aunque, en la práctica, acabaron por convencer a los soviéticos de que un ataque nuclear preventivo occidental contra la URSS era posible o inclu­so„ -como en algunos momentos de 1983- inminente (Walker, 1993, capí­tulo 11 ), y desencadenaron el mayor movimiento pacifista y antinuclear de masas de la guerra fría, la campaña contra el despliegue de una nueva gama de misiles en Europa.
(…)
Como la URSS se hundió justo al final de la era de Reagan, los propa­gandistas norteamericanos, por supuesto, afirmaron que su caída se había debido a una activa campaña de acoso y derribo. Los Estados Unidos habían luchado en la guerra fría y habían ganado, derrotando completamente a su enemigo. No hace falta tomar en serio la versión de estos cruzados de los años ochenta, porque no hay la menor señal de que el gobierno de los Estados Uni­dos contemplara el hundimiento inminente de la URSS o de que estuviera pre­parado para ello llegado el momento. Si bien, desde luego, tenía la esperanza de poner en un aprieto a la economía soviética, el gobierno norteamericano había sido informado (erróneamente) por sus propios servicios de inteligencia de que la URSS se encontraba en buena forma y era capaz de mantener la carrera de armamentos. A principios de los ochenta, todavía se creía (también erróneamente) que la URSS estaba librando una firme ofensiva global. En realidad, el mismo presidente Reagan, a pesar de la retórica que le pusieran delante quienes le escribían los discursos, y a pesar de lo que pudiera pasar por su mente no siempre lúcida, creía realmente en la coexistencia entre Estados Unidos y la URSS, pero una coexistencia que no estuviese basa­da en un repugnante equilibrio de terror nuclear mutuo: lo que Reagan soñaba era un mundo totalmente libre de armas nucleares, al igual que el nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijail Ser­guéievich Gorbachov, como quedó claro en la extraña cumbre celebrada en la penumbra del otoño ártico de Islandia en 1986.
La guerra fría acabó cuando una de las superpotencias, o ambas, reco­nocieron lo siniestro y absurdo de la carrera de armamentos atómicos, y cuando una, o ambas, aceptaron que la otra deseaba sinceramente acabar con esa carrera. Seguramente le resultaba más fácil tomar la iniciativa a un dirigente soviético que a un norteamericano, porque la guerra fría nunca se había visto en Moscú como una cruzada, a diferencia de lo habitual en Wa­shington, tal vez porque no había que tener en cuenta a una opinión pública soliviantada. Por otra parte, por esa misma razón, le resultaría más difícil al dirigente soviético convencer a Occidente de que iba en serio. Por eso es por lo que el mundo le debe tantísimo a Mijail Gorbachov, que no sólo tomó la iniciativa sino que consiguió, él solo, convencer al gobierno de los Esta­dos Unidos y a los demás gobiernos occidentales de que hablaba sincera­mente. Sin embargo, no hay que menospreciar la aportación del presidente Reagan cuyo idealismo simplón pudo atravesar las tremendas barreras for­madas por los ideólogos, los fanáticos, los advenedizos, los desesperados y guerreros profesionales que lo rodeaban, para llegar a convencerse a sí mismo. A efectos prácticos, la guerra fría acabó en las dos cumbres de Reykjavik(1986) y Washington (1987).
¿Representó el fin de la guerra fría el fin del sistema soviético? Los dos fenómenos son separables históricamente, aunque es evidente que están interrelacionados. La forma soviética de socialismo afirmaba ser una alter­ativa global al sistema del mundo capitalista. Dado que el capitalismo no se hundió ni parecía hundirse -aunque uno se pregunta qué habría pasado si todos los países deudores socialistas y del tercer mundo se hubiesen uni­do en 1981 para declarar la suspensión del pago de sus deudas a Occiden­te -, las perspectivas del socialismo como alternativa mundial dependían de la capacidad de competir con la economía capitalista mundial, reformada tras la Gran Depresión y la segunda guerra mundial y transformada por la revolución «postindustrial» de las comunicaciones y de la informática de los años setenta. Que el socialismo se iba quedando cada vez más atrasado era evidente desde 1960: ya no era competitivo y, en la medida en que esta competición adoptó la forma de una confrontación entre dos superpotencias políticas, militares e ideológicas, su inferioridad resultó ruinosa.
Ambas superpotencias abusaron de sus economías y las distorsionaron mediante la competencia en una carrera de armamentos colosal y enormemente cara, pero el sistema capitalista mundial podía absorber la deuda de tres billones de dólares -básicamente en gastos militares- en que los años ochenta hundieron a los Estados Unidos, hasta entonces el mayor acreedor mundial. Nadie, ni dentro ni fuera, estaba dispuesto a hacerse cargo de unir deuda equivalente en el caso soviético, que, de todos modos, representaba una proporción de la producción soviética (posiblemente la cuarta parle) mucho mayor que el 7 por 100 del gigantesco PIB de los Estados Unidos que se destinó a partidas de defensa a mediados de los años ochenta. Los Estados Unidos, gracias a una combinación de buena suerte histórica y de su política, vieron cómo sus satélites se convertían en economías tan florecientes que llegaban a aventajar a la suya. A finales de los años setenta, las economías de la Comunidad Europea y Japón, juntas, eran un 60 por 100 mayores que la de los Estados Unidos. En cambio, los aliados y satélites de los soviéticos nunca llegaron a emanciparse, sino que siguieron practicando una sangría abundante y permanente de decenas de miles de millones de dólares anuales a la URSS. Geográfica y demográficamente, los países atrasados del mundo, cuyas movilizaciones revolucionarias habrían de acabar, según Moscú, con el predominio mundial del capitalismo, representaban el 80 por 100 del plane­ta, pero, en el plano económico, eran secundarios. En cuanto a la tecnología, a medida que la superioridad occidental fue creciendo de forma casi expo­nencial no hubo competencia posible. En resumen, la guerra fría fue, desde el principio, una lucha desigual.
Pero no fue el enfrentamiento hostil con el capitalismo y su superpotencia lo que precipitó la caída del socialismo, sino más bien la combinación de sus defectos económicos cada vez más visibles y gravosos, y la invasión acelera­da de la economía socialista por parte de la economía del mundo capitalista, mucho más dinámica, avanzada y dominante. En la medida en que la retórica de la guerra fría etiquetaba al capitalismo y al socialismo como «el mundo libre» y el «totalitarismo», respectivamente, los veía como los bordes de una sima infranqueable y rechazaba todo intento de superarla; se podría decir que, fuera del suicidio mutuo que representaba la guerra nuclear, garantizaba la supervivencia del competidor más débil. Y es que, parapetada tras el telón de acero, hasta la ineficaz y desfalleciente economía de planificación central era viable; puede que se estuviera deshaciendo lentamente, pero no era proba­ble que se hundiera sin previo aviso. Fue la interacción de la economía de modelo soviético con la economía del mundo capitalista a partir de los años sesenta lo que hizo vulnerable al socialismo. Cuando en los años setenta los dirigentes socialistas decidieron explotar los nuevos recursos del mercado mundial a su alcance (precios del petróleo, créditos blandos, etc.) en lugar de enfrentarse a la ardua tarea de reformar su sistema económico, cavaron sus propias tumbas. La paradoja de la guerra fría fue que lo que derrotó y al final arruinó a la URSS no fue la confrontación, sino la dis­tensión.
Sin embargo, en un punto los ultras de la guerra fría de Washington no estaban del todo equivocados. La verdadera guerra fría, como resulta fácil más desde nuestra perspectiva actual, terminó con la cumbre de Washington le 1987, pero no fue posible reconocer que había acabado hasta que la URSS dejó de ser una superpotencia o, en realidad, una potencia a secas. Cuarenta años de miedo y recelo, de afilar los dientes del dragón militar-industrial, no podían borrarse así como así. Los engranajes de la maquinaria de guerra con­tinuaron girando en ambos bandos. Los servicios secretos, profesionales de Ia paranoia, siguieron sospechando que cualquier movimiento del otro lado , era más que un astuto truco para hacer bajar la guardia al enemigo y derrotarlo mejor. El hundimiento del imperio soviético en 1989, la desinte­gración y disolución de la propia URSS en 1989-1991, hizo imposible pretender que nada había cambiado y, menos aún, creerlo.

Extraído de: HOBSBAWM, Eric, “Historia del siglo XX”, capítulo VIII, pág. 246-255, Crítica, Buenos Aires, 1999

Ejercicios

1- Realiza una línea de tiempo, que comience donde termina la del repartido anterior. Ubica los acontecimientos que trabaja el autor en esta segunda parte.
2- Marca en la misma línea de tiempo, el período de distensión y”la segunda Guerra Fría”.
3- Enumera los hechos que desencadenaron la segunda guerra fría.
4- Realiza una lista con las razones por la cuál “parecía” que la URSS iba ganando en esta etapa.
5- Realiza una lista con las razones que maneja el autor para decir que la confianza de la URSS es injustificada.
6- ¿Cuándo termina la Guerra Fría para este autor? ¿Por qué toma esta fecha?
7- ¿Por qué cae el sistema soviético? ¿Qué papel cumplió la tecnología en el final de la Guerra Fría?

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